lunes, 17 de mayo de 2010

INFIERNO PRIVADO


El cielo gris plomizo presagia un nuevo día de lluvia, la rabia desmedida latiendo y el corazón en un puño mientras callo y grito en silencio todo aquello que detesto. Inmersa en el caos de circunstancias que me rodean, intento desesperadamente alcanzar la superficie, recuperar el aliento y la confianza, volver a ser libre, recuperar mi vida y desechar las cadenas que me retienen en mi infierno privado. Una mala decisión que afrontar, y ahora ¿qué? Seguir luchando, sola una vez más, pretendiendo desterrar mi alma para no cometer los mismos errores, ansiando ser menos humana, más fría, porque no fue fácil aprender a vivir con el dolor, no fue fácil aprender a vivir con los recuerdos, acomodarse a ese quimérico olvido. Absurdo cometido.
Últimamente nada sale de ésta monótona ruina/rutina en la que me he embarcado, dejo que pasen los días con la certeza de que es algo provisional, una fase a superar, dejé de torturarme hace mucho, comencé a aceptar que la vida es sólo /todo eso, ni más ni menos.
He vuelto a escribir, cuando menos lo esperas, a traición, pero eso sí, con premeditación, alevosía y cómo no, nocturnidad (mi eterna dama de compañía), no está todo perdido.

DE LA MANO DEL FRACASO


El cielo gris presagiaba un nuevo día de frío, la niebla ocultaba el horizonte y no se veía más allá de la orilla. La noche anterior la había pasado entre desconocidos, en una de esas fiestas en honor a... ¿quién sabe?. Aún le dolía la cabeza y tenía restos de comida en las ropas. El sonido del teléfono le alarmó, no esperaba ninguna llamada. Al otro lado, le sorprendió la voz de su última conquista; por lo que recordaba, la había conocido esa misma noche entre brumas y copas rotas. Sólo podía ver aquellos ojos de gata, similares al brillo de dos estrellas, que martilleaban su cabeza, tal vez por la coca o quizás por el whisky consumido entre vanas palabras dichas al viento sin más, tan sólo para entablar una conversación, la verdad poco amena, que les llevaría directamente a la habitación de un burdo hotel, dónde pasarían las horas de lujuria.

Desde la penumbra del dormitorio escuchó atentamente, y sobre todo algo confuso, livianas palabras puestas en boca de Lourdes. No tenía ganas de escucharla y mucho menos de volverla a ver, así que rechazó su invitación para ir a comer y colgó el teléfono bruscamente. Dirigió la mirada hacia el mueble-bar... Pero todavía no estaba en condiciones, así que se levantó tambaleándose, tropezando en el desorden del cuarto, y se preparó un café.

Salió de casa cerrando la puerta tras de y vio como las olas enfurecidas arremetían contra el viejo acantilado. Las horas pasaban rápidamente; pronto llegó la puesta de sol, aquella que tantas veces le había inspirado. La huida de la luz le desoló, le pesaba la oscuridad cada vez más abrumadora. Por fin la luna trajo las estrellas y con ellas su resplandor, tenue resplandor.

Estaba allí sentada frente al azul inmenso, aunque nunca antes había percibido aquel olor a humedad mezclado con la lluvia desmedida de su corazón. Quedó petrificada por la presencia de la negra sombra de la soledad.

Pasó el tiempo... Tal vez el otoño le había atrapado o quizá no tenía la razón que tiempo atrás le hizo escribir. Sus ropas tenían olor de tristeza, pero seguía sentada en el acantilado con el vaivén de las olas y el murmullo del silencio a su espalda.

Regresó a la casa con las manos temblándole y un frío desgarrador del que no pudo librarse hasta pasada la media noche.

La pluma, que dejaba correr la tinta tiznando el papel, se deslizaba entre sus dedos, las palabras parecían tener vida propia y sus pensamientos brotaban del mutismo.

El estrepitoso ruido del viento y la lluvia desmedida golpeando los cristales hicieron que las hojas cayeran al suelo una tras otra.

Ella estaba bañada en sudor y había perdido el color; la sonrisa que le caracterizaba se había desvanecido, tenía los ojos hinchados y ojerosos.

Llevaba un mes encerrada en la cárcel de su mente, y al escribir el punto y final, -tras haber corregido lo escrito-, recuperó la vida perdida.

Esa noche estaba cansada y aburrida pero no encontraba el sueño que le haría dormirse; Luego pensó en ella, la acababa de perder y no conseguía afrontarlo, había dejado huella en su piel y aún perduraba su olor en la casa.

Pasados algunos días, el teléfono sonó de nuevo, era una invitación para una entrega de premios literarios locales. Se preparó y se dirigió al lugar de la entrega. Al entrar la descubrió en las últimas filas, fumando con aire sosegado; el humo la cubría parcialmente. Cuando la velada literaria terminó, la perdió de vista. Empezaba a pensar que no era más que un sueño, cuando al entrar en una cafetería próxima, la presintió muy cerca. Su respiración se alteró al oír tras de los susurros de una voz tan familiar y a la vez tan misteriosa... Se giró y allí estaba. Sin saber cómo se dirigió hacia ella, había perdido el control de su mente y... de nuevo sola; así estaría el resto de su vida. Sabía que no era nada sin ella, incapaz de sobrevivir, de resistir sin su presencia; estaba tan quemada por la rabia, que se resignó a encerrarse en una soledad absurda e incierta.

El regreso a casa fue estremecedor, la lluvia calaba en sus huesos, el frío le asesinaba sin pudor y las luces cegadoras del anochecer no lograban despertarle del letargo, infernal letargo.

Durante toda la noche estuvo escuchando canciones que siempre le recordaron tiempos pasados, mejores tiempos. Flotaban en una especie de trance; las ideas le desbordaban inconexas, las luces parpadeaban en el exterior y observaba estrellas en la oscuridad del cuarto.

Llegó la primavera. La novela estaba ya terminada, pero ella seguía hundida, tocando fondo. Las lluvias habían cesado varios días antes y ahora la multitud se agrupaba en torno a las terrazas. El bullicio le despertó y sintió la necesidad de seguir, de continuar lo que un día empezó por ser un sueño y se había convertido con el paso del tiempo en una promesa.

Tomó una copa de whisky sin pestañear y de inmediato se derrumbó. Tardó algún tiempo en levantarse. Al hacerlo todo giraba en torno a ella. Apoyándose en las paredes logró llegar hasta el escritorio en el que pasaba sus horas de insomnio y fue a fumarse un cigarro a la terraza. De un tiempo a esta parte era incapaz de conciliar el sueño; por el día era fantasma y por la noche, oscuridad.

Cuando asomó la cabeza escuchó el murmullo del pueblo y un viento tenue que vagaba por entre las calles marchitadas por el tiempo. Buscaba entre la muchedumbre una efigie soñada; el no encontrarla le hundía cada vez más y no conseguía salir de su propio cieno. Cada día soñaba despierta con ella, cada vez era más rara y menos sociable, su escala de valores estaba por los suelos y sus cambios de humor tan bruscos...

... De nuevo en su habitación. Eran las cuatro de la madrugada, otra vez pensaba en ella; se sentó frente a la infernal máquina, que le atrapaba día a día. En esos momentos estaba como dormida, hastiada, lo cierto es que aborrecía el mundo y todo lo que significaba, no tenía sentido alguno, la vida... sin más.

Recogió todas sus cosas, hizo la maleta, cubrió con sábanas los muebles y salió de casa en dirección desconocida. El viento golpeándole la cara, las lágrimas quebrándose y la novela en el asiento derecho. Se encaminaba hacia su futuro, futuro en el que ya no creía.

Sabía que no podía existir sin ella así que aceleró. El coche escapaba a su control bordeando la carretera entre montañas.

Se paró en un mirador, sacó un cigarrillo y cuando lo apagó lo hizo en su propia mano.

Miró el acantilado. El aire le traía una sensación de libertad, despertó en ella la pasión de volar. Tomó un trago de una botella de whisky. Se montó en el coche y aceleró. La música retumbaba en el aire. Saltó por el barranco en llamas.

El cuerpo, no se identificó hasta muy tarde. Se trataba de una escritora fracasada, una de tantas, sin esperanzas en ella mismo, una mujer de la mano del fracaso.

Empezaba a llover y sus huellas se borraban. Las llamas se extinguieron con desesperación.